Ciencia y saberes tradicionales: brecha aún por superar. Nota en el Portal Internacional SciDev.Net

 Parte de la Nota periodística realizada en el Portal SciDev.Net (Ciencia y saberes tradicionales: brecha aún por superar - América Latina y el Caribe (scidev.net)) por la periodista Daniela Hirschfeld. Fecha de publicación: 19/07/2023.

Figura 1: Manuel Minteguiaga junto a docentes y estudiantes del curso "Plantas Aromáticas y Medicinales de la Cuenca del Plata" de visita técnica en el Vivero "Santa María" del Ing. Andrés Berruti (derecha). Octubre de 2022.


"...El uruguayo Manuel Minteguiaga, investigador de la Universidad de la República, coincide: “Hay que insistir en valorizar los conocimientos tradicionales, no menospreciarlos sino tomarlos como base para hacer investigación y darles soporte científico”, reflexiona.

“En Uruguay perdimos todo el conocimiento etnobotánico de los pobladores originales”, agrega. Por ejemplo, no se sabe nada sobre el uso de las plantas medicinales que tenían los charrúas, y lo poco que se sabe viene del sustrato guaraní documentado por los primeros europeos en América. Actualmente, Minteguiaga estudia los compuestos alergénicos presentes en la aruera (Lithraea molleoides), árbol nativo de la familia del cajú, pistacho y anacahuitas, muy habitual en el campo uruguayo y que, según leyendas locales, genera dermatitis por contacto.

Hasta el momento identificó 19 compuestos químicos alérgenos en las partes aéreas de la aruera. De comprobarse su efecto en la piel podrían aplicarse en tratamientos paliativos para pacientes alérgicos. 

“Los saberes tradicionales son como un ‘libro’ que debemos aprender a leer, porque en él hay muchos conocimientos e indicios que nos podrían llevar a descubrir cosas nuevas”, concluye Minteguiaga.


Preguntas completas formuladas por la periodista Daniela Hirschfeld como preparación de la Nota periodística realizada en el Portal SciDev.Net

1- ¿Por qué te llamó la atención este conocimiento empírico (de la alergia de la aruera) como para estudiarlo?

Desde mi niñez en el campo en el interior uruguayo (Paysandú) me llamaban la atención las plantas, pero en particular aquellas a las que las personas le tenían una actitud de desprecio (las llamadas “malezas”) o a las que se les tenía miedo. Eso no encajaba con lo que veía en la escuela de lo “buenas” que eran las plantas, que hacían fotosíntesis y nos generaban oxígeno para respirar y nos brindaban otras tantas cosas de importancia (alimentos, abrigo, materiales, etc.). Además, yo veía a esas plantas y sentía aromas exquisitos, por lo que pensaba en que “tan malas” no podían ser. Me hice químico de plantas justamente para poder profundizar en estas cuestiones. En el caso de la “aruera” (Lithraea molleoides) mis padres le tenían un miedo terrible, y más de una vez recuerdo en el monte de tener que correr porque había uno de estos árboles cerca. Yo pienso que a todas las cosas más que tenerles miedo, hay que entenderlas (o al menos tratar de hacerlo). Cuando comenzó la idea del estudio (además sugerida por mi jefe en 2020) yo venía de trabajar en Italia sobre algunos componentes químicos que son controlados en perfumes por ser alérgenos. Así que grande fue la sorpresa cuando a través de una revisión bibliográfica vi que varios de esos compuestos eran compartidos por la “aruera”, lo que se confirmaría (y expandiría) luego de iniciar la investigación en curso.

2- ¿En qué estadio de la investigación están actualmente?

La investigación ya ha revelado primariamente la presencia, en las partes aéreas de L. molleoides, de al menos 19 compuestos químicos alérgenos reportados en la literatura. Sin embargo, se ha evidenciado una gran variabilidad en la abundancia de estos, lo que puede estar relacionado al ambiente en el que los árboles crecen (gobernado por interacciones bióticas/abióticas). En la actualidad se están confirmando estos datos, racionalizando su significancia y preparando la primera publicación científica completa (se han presentado hasta el momento varios resúmenes en congresos). En los meses venideros se desarrollarán actividades in-vitro para saber si es posible que estos componentes interaccionen en la piel, confirmando su potencial alergénico.

3- ¿Para qué sirve o en qué se podría aplicar?

No se puede aplicar lo que no se entiende, y no se puede entender lo que no se conoce. Así que conocer qué compuestos químicos produce la “aruera”, cómo lo hace y realmente saber si son o no alérgenos en las condiciones en que las personas suelen ser afectadas podría servir eventualmente para aplicar tratamientos paliativos para este tipo de pacientes. Además, hay que tener en claro que el árbol no produce estos componentes “porque sí”, sino que deben estar vinculados a una “barrera de defensa química” contra las posibles fuentes de agresión (principalmente bióticas). De esta forma, es muy probable que tengan actividad biológica, y se podrían aplicar en formulaciones para beneficio de la humanidad, por ejemplo, como biopesticidas contra insectos fitófagos o contra bacterias/virus fitopatógenos (algunos estudios ya efectuados y en curso apuntan a esta potencialidad). Obviamente, esto debe ser abordado por la investigación científica aplicada, y hasta el momento es sólo una hipótesis.

4- ¿Por qué es necesario rescatar los saberes tradicionales de nuestra región en relación a las plantas?

En esto es importante recordar el concepto de etnobotánica como el estudio de las relaciones entre los recursos vegetales y cómo los diferentes grupos humanos los emplean para beneficio propio (desde alimentos a medicinas). Se ha demostrado en varias oportunidades que el enfoque etnobotánico es sumamente valioso para relevar y rescatar conocimientos ancestrales que se han adquirido por ensayo y error a lo largo de cientos (incluso miles) de años. Por ejemplo, si se está buscando un compuesto con actividad medicinal es mucho más probable que se encuentre en una planta que la tradición la asigna como “medicinal” y las personas la emplean (a pesar de que no haya estudios científicos al respecto) que en plantas recolectadas totalmente al azar (incluso en este caso, se puede dar con una planta que tenga componentes tóxicos, siendo el efecto contrario al buscado). Por ello hay que insistir en lo que se ha llamado la valorización de los conocimientos tradicionales, es decir, no menospreciarlos sino tomarlos como base para hacer investigación y darles soporte científico a esos conocimientos. En otras palabras, los saberes tradicionales son como un “libro” que debemos aprender a leer, porque en él hay muchos conocimientos e indicios que nos podrían llevar a descubrir cosas nuevas. Lo lamentable es que estos saberes se van perdiendo con los años y deben ser rescatados urgentemente por la etnobotánica. Como ejemplo de esto, invito al lector a pensar en el conocimiento de las plantas medicinales (“yuyos” para muchos) que detentaban las abuelas de la mayoría de nosotros (como esa figura matriarcal que impartía sabiduría), los que se han ido perdiendo o erosionando constantemente hasta la situación actual, como lo demuestran algunas publicaciones en el tema. Yendo más atrás en el tiempo, en Uruguay perdimos irreparablemente todo el conocimiento etnobotánico de los pobladores originales del territorio, siendo lo que resta informaciones muy fragmentadas y tomadas de contextos culturales diversos o de fuentes indirectas. Por ejemplo, no se sabe nada sobre el uso de las plantas medicinales que tenían los charrúas, y lo poco que sabemos (o suponemos que sabemos) viene del sustrato guaraní documentado por los primeros europeos en América. La Etnobotánica y la valorización científica de los saberes tradicionales nos puede ayudar a contrarrestar esta pérdida de información, máxime en la época actual de una economía basada en conocimientos.

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